Estos Artículos fueron publicados
por la revista
Chicos de la Calle
editada desde el C.A.I.N.A.
Lic.
Mar�a Alicia Guti�rrez
Creencias y cultura popular
Cuando me convocaron para reflexionar sobre las creencias de los
chicos de la calle, y al leer la producci�n de sus propias creencias,
sent� la necesidad de dejarme llevar m�s por el viento de la intuici�n
que por la brisa de la raz�n. "Pucha que feo es estar en la calle"�
as� comienza la historieta que, para tener un final feliz obliga
al ni�o a perder algo� en este caso un dedo� La calle, la desesperanza,
los peligros, la soledad� todos y cada uno de los "aparecidos"
son la compa��a, bondadosa o mal�fica de chicos abandonados a
su suerte, sin una sociedad que logre contenerlos y ayudarlos
a crecer. La desregulaci�n del mercado laboral, la vida como una
mercanc�a que se ofrece en el mercado de la calle, Ia pobreza,
las brutales condiciones de inequidad social, la p�rdida del sentido
de la solidaridad, son e1 marco estructural y epocal que acompa�an
a los ni�os de la calle. No s�lo ello si no tambi�n un microclima
de personajes creados al calor de las necesidades existenciales
de depositar eI bien y el mal en algo externo a la propia subjetividad.
La culpa, el castigo, como as� tambi�n las bondades de la vida
van de la mano de estos personajes que conforman, en buena medida
el universo cultural de estos chicos y� no s�Io de ellos. "En
la calle hay un mont�n de aparecidos. Todos los d�as me est�n
contando aIgo a m�. Por ejemplo en Ia calle yo una vez sent� que
alguien caminaba atr�s m�o. Me di vuelta, y nada. Volv� a caminar,
y otra vez. Y los pasos se hac�an m�s. fuertes. Me di vuelta de
golpe y dije �qui�n anda ah�, y me contesto� sal� corriendo. Yo
digo que a lo mejor son mis abuelos porque hace mucho que no voy
al cementerio"� La dimensi�n de la compa��a frente a la soledad
y la ausencia adquieren un matiz diferente en este caso. Son ni�os
abandonados sin contenci�n familiar ni social donde la crueldad
del mundo capitalista los despoj� de todo, menos de sus creencias.
Creencias que constituyen parte del universo en el que fueron
socializados, creencias que forman parte de la cultura popular
de la cual son portadores. Creencias que, en un mercado religioso
desregulado, adoptan formas diversas y acordes a las necesidades
de cada uno� Figuras bondadosas para que de manera "milagrosa"
(aunque no tanto) aIguien les d� amor, figuras malditas que les
recuerdan a cada rato aquellas personas afectivas significativas
de su vida� creencias, finalmente, que para bien o mal les dan
un contenido y sentido a su vida y los acompa�an en el peregrinar
por las calles de la vida.
*Soci�loga. Docente e lnvestigadora de la Facultad de Ciencias
Socia1es de la Universidad de Buenos Aires
Dra. Esther D�az
Una leyenda china
Sostiene una antigua leyenda china que hubo una �poca en que el
mundo de los espejos y el mundo de los humanos eran diferentes
entre s�. Ambos mundos no estaban separados -como ahora- por ninguna
barrera invisible. Por lo tanto, los seres humanos y los especulares
sol�an visitarse, sin mayores problemas. Lo m�s llamativo es que,
en aquellos tiempos, los seres de los espejos no se parec�an f�sicamente
a nosotros, ni copiaban nuestras actitudes. Eran libres de hacer
lo que quer�an y sus conductas eran totalmente impredecibles.
Pero una noche, los habitantes de los espejos decidieron invadir
la tierra. Cuando los humanos se despertaron se aterrorizaron.
Por todas partes reinaba el caos. Los seres especulares eran ca�ticos.
Nadie sab�a c�mo dominarlos . Finalmente, el emperador, que ten�a
poderes m�gicos, logr� arrojarlos otra vez al impreciso mundo
de los espejos . Y para que nunca m�s pudieran invadirnos, los
hechiz�. Desde entonces, los habitantes de los espejos est�n condenados
a copiar mec�nicamente los actos y apariencias de los seres humanos.
Pero algo fall� en el hechizo porque, a veces, esos seres se filtran
en nuestros sue�os, o en alguna de nuestras conductas o, incluso,
en el accionar imprevisible de la naturaleza. No ser�a nada raro
que alg�n d�a quieran habitar nuevamente entre nosotros y, tal
vez -qui�n sabe- aprendamos, en esa nueva oportunidad, a compartir
con ellos nuestro mundo. La "moraleja" que nos deja esta leyenda
es que la sociedad siempre intenta excluir, separar, apartar de
s� a todo aquello que se presenta como diferente al orden establecido.
Y, muchas veces, no se tiene en cuenta que los diferentes son
tambi�n producto de ese aparente orden establecido. Los chicos
de la calle son diferentes, pero todas las personas -en cierto
modo- lo somos. De lo que se tratar�a, entonces, es de armonizar
nuestras diferencias y aceptarnos como somos, tratando de cambiar,
�nicamente, en aquelllo en que nos herimos a nosotros mismos o
en que agredimos injustamente a los dem�s. Tambi�n la m�sica se
hace con ritmos diferentes, pero suena maravillosamente bien cuando
se la sabe armonizar. �
Doctora en Filosof�a - UBA, Profesora Titular en 1a UBA, en la
Universidad Nacional La Plata y Profesora de la Universidad Nacional
de Lan�s. Es autora de varios libros y art�culos en revistas especializadas.
Dra. Liliana Cham�
TU buscas la droga
porque tienes miseria,
porque tienes hambre
porque t� eres
y porque no tienes
porque te duele el mundo frio,
en las esquinas
NOSOTROS
ausentes
drogados
drogados por las cosas
drogados con las cosas
nosotros, al borde p�rfido...
casi cosas.
LUIS WEINSTEIN
Leyendo las historias, mirando los dibujos de nuestros ni�os de
la calle acerca de lo que piensan o sienten que son las drogas,
uno se pregunta si son un problema para ellos. No, son una soluci�n,
la soluci�n que les dejamos, la soluci�n m�s f�cil a la que pueden
apelar para enfrentar el dolor, el sufrimiento, la falta de identidad,
la falta de pertenencia, la falta de familia contenedora o falta
de familia simplemente, la culpa por la violencia recibida y ejercida,
la imposibilidad de fantasear y sentir alegr�a y lo que sustenta
todo ello; la falta de amor y de una vida digna. Pero no nos enga�emos
pensando que s�lo se trata de estos ni�os; se trata de todas las
personas que de alguna manera est�n excluidas o no integradas
socialmente y desgraciadamente este grupo se va expandiendo cada
vez m�s. La exclusi�n no ofrece las mejores condiciones para crecer
auton�micamente y en libertad, ni desarrollar la autoestima o
contar con mecanismos para enfrentar los cambios y frustraciones,
ni ser participativos, autogestivos y solidarios. Finalmente,
estas situaciones se van agravando por la discriminaci�n, la negaci�n
o la aplicaci�n de pol�ticas y leyes que institucionalizan su
lugar. Por otro lado tenemos las Drogas, las famosas drogas qu�micas
(naturales y sint�ticas) como los opi�ceos, la coca�na, la pasta
base, la marihuana, LSD, �xtasis, alcohol, inhalantes, tabaco,
anfetaminas, sedantes, etc. Algunas intr�nsecamente da�inas, otras
perjudiciales m�s por su modalidad de uso y otros por el lugar
en que son colocadas jur�dicamente. Pero tambi�n hay objetos que
est�n usados como drogas a trav�s del consumismo, utilizando los
mismos mecanismos adictivos, llevando a la cosificaci�n de los
v�nculos y los afectos: a la deshumanizaci�n. El ecosistema de
las drogadicciones es una organizaci�n de redes m�ltiples en continua
interacci�n, que se hallan en el proceso integral de las personas
y sus familias, en el contexto sociocomunitario que las rodea
y en la oferta-disponibilidad de las drogas. Cuanto m�s alteradas,
fragmentadas, no interactuantes y expulsoras sean las redes personales,
familiares y sociales, m�s ser�n incluidos por las redes de oferta-distribuci�n
y las redes de producci�n y comercializaci�n de las drogas. En
este largo caminar en las distintas etapas de la atenci�n de las
drogadependencias, tanto la familia, los grupos sociales, las
instituciones, como as� tambi�n los profesionales y t�cnicos que
intervienen en su curso, no estamos como simple observadores asc�pticos,
sino que nos hallamos incluidos en la construcci�n-desconstrucci�n
de su devenir persona no adicta.
* M�dica. Experta en Salud Mental y Adicciones. Ex-Directora del
CE.NA.RE.SO 1987-1992 Directora del proyecto de capacitaci�n Comunidad
Econ�mica Europea - Cono Sur1994-1997.
Lic. Sandra Vieira
El Juego: una cuesti�n de derechos
"Los Estados Partes reconocen el derecho del ni�o al descanso
y el esparcimiento, al juego y a las actividades recreativas propias
de su edad y a participar libremente en la vida cultural, art�stica,
recreativa y de esparcimiento." Art. 31. Convenci�n Internacional
de los Derechos del Ni�o. El juego es la actividad central en
la vida de un ni�o. Como tal, forma parte de un momento muy importante
en la estructuraci�n ps�quica de un ni�o y su posterior desarrollo
como persona. Mediante el juego un ni�o se relaciona con otros,
prueba sus posibilidades, desarrolla sus potencialidades. A la
vez por medio del juego expresa ansiedades, emociones, revive
situaciones de su acontecer diario o pret�rito; en fin, manifiesta
su modo de estar en el mundo. En este sentido, "jugar" no es sin
consecuencias...el juego as�, entonces, es una actividad que merece
ser tomada "muy en serio". Para que un ni�o juegue, para que un
ni�o se manifieste como tal, tuvo que haber habido un adulto que
en alg�n momento de su historia le haya dado ese lugar. Es el
adulto quien aloja al ni�o en ese lugar, a quien, por su condici�n
infantil sostiene, contiene, posibilita... Ahora bien, �Qu� ocurre
con "nuestros pibes del CAINA"? Ellos juegan, claro est�, s�lo
que a veces podemos ver que el jugar en ellos no es el que acostumbramos
ver en otros ni�os. Podr�amos decir, sin temor a equivocarnos,
que las etapas del juego en los "chicos de la calle" aparecen
trastocadas, se intercalan, nos confunden... La secuencia juego
con el cuerpo- juego solo- juego para que otro me mire- juego
con otro, no aparece siempre con este ordenamiento en nuestros
chicos. As� vemos, por ejemplo, c�mo a una edad cronol�gica en
que esperar�amos el juego reglado, a�n aparece, t�midamente o
no, el pedir a un adulto referente que lo acompa�e en su espacio
de juego. Podr�amos pensar tambi�n si el "cada cual atiende su
juego" de la vieja canci�n infantil no ser� un modo posible de
sobrevivir en la calle. As� tambi�n encontramos, en muchos de
nuestros chicos un inter�s notorio por el trabajo, por buscar
el sustento diario para s� o sus familias. El trabajo se convierte
as�, para alguno de ellos, en la actividad central. Ahora bien,
� mientras trabajan ... no juegan? Claro que s�! Porque m�s all�
de los mandatos familiares, culturales, el ni�o juega. Mientras
trabaja, tambi�n juega; cuando se escapa de la polic�a, igual
juega; cuando se pelea con otro chico, no deja de jugar. Por suerte,
a pesar de ciertos adultos, a pesar del malestar, igual juega,
y as� hace m�s tolerable su angustia. Angustia que se acrecienta
en la situaci�n de calle, donde los l�mites son poco claros, los
marcos difusos y escasean los adultos que posibiliten ese lugar
de ni�o. En el CAINA nos proponemos con nuestra intervenci�n,
ofreci�ndonos como referentes y figura de sost�n, alojarlos en
la estructura institucional, como un modo de posibilitar la producci�n
de otro lugar distinto de aquel en que pareciera estar determinado
por su historia familiar- cultural- social de marginaci�n y exclusi�n.
* Psicopedagoga. Psic�loga. Psicoanalista. Integrante del equipo
profesional del Departamento de Atenci�n Integral a Chicos de
la Calle. Secretar�a de Promoci�n Social. Gobierno de la Ciudad
de Buenos Aires.